La operación, pionera en el mundo, se realizó el pasado mayo en Can Ruti.

FUENTE: La Vanguardia

El corazón de un hombre de 70 años que sufrió un infarto ha empezado a regenerarse. Así lo demuestra la resonancia magnética después de que fuera el primero en el mundo en probar un bioimplante diseñado y realizado por el grupo de investigación de Malalties del Cor del hospital Germans Trias y el Banc de Sang i Teixits (BST), con la colaboración del Institut de Bioinginyeria de Catalunya (IBEC).

Lleva desde mayo un parche sobre la zona infartada del corazón hecho a partir de dos tejidos donados: un pericardio (la membrana que envuelve el corazón) y el material gelatinoso lleno de células madre mesenquimales de un cordón umbilical.

El BST se encarga de hacer desaparecer del pericardio donado las células y deja sólo la trama, una membrana suficientemente flexible, según pudieron determinar en el IBEC, porosa y gruesa para poder almacenar las células del cordón umbilical. En una de las salas blancas del BST se introducen las células del cordón en esa trama y se consigue así el bioimplante de 4x4 centímetros.

El BST ha desarrollado la técnica de tal manera que en seis horas puede fabricar el parche que necesita un paciente infartado al que le faltan las fuerzas y está continuamente cansado porque su corazón bombea poco y mal. Las células madre mesenquimales introducidas en ese soporte de pericardio (pericardial Matrix le han bautizado), que se pega al corazón, migran al tejido cardiaco sin dispersarse por otras partes del organismo. Es lo que ha ocurrido con otros intentos de introducir las células madre directamente en el músculo cardiaco. Con el sistema del parche, las células del cordón pasan al corazón y se quedan: “hemos podido comprobar en la resonancia magnética realizada a los tres meses de la operación que la cicatriz del corazón ha disminuido un 10%”, anuncia el cardiólogo Toni Bayés, responsable del equipo de investigación Cardiaca de Can Ruti.

La autorización por parte de la Agencia Española del Medicamento la obtuvieron en diciembre del 2018 y la primera intervención la hicieron en mayo del 2019. Hoy esperan realizar la segunda. Y esta fase de probar la seguridad se completará con otros ocho pacientes. “El paso siguiente será demostrar que es eficaz, que los pacientes viven más, con menos ingresos hospitalarios y mejor calidad de vida. Eso requerirá un centenar de participantes y en varios centros hospitalarios”, explica Toni Bayés.

“Pero esto no ha empezado ahora. Es el resultado de 10 años de trabajo. Porque teníamos claro que esta era una vía por la que intentar mejorar la clave en la calidad de vida de una persona infartada: la cicatriz en su corazón”.

El hallazgo de esta solución tan buscada creen que es el minuto uno de una gran evolución no solo de enfermedades cardiacas. “Podemos poner las células donde se necesitan”, recuerda el cardiólogo.

Aunque estén en los inicios, el paso que ahora celebran en Can Ruti y el BST permitirá a muchos infartados no llegar al trasplante. “La madre del cordero es esa cicatriz. El corazón recibe sangre que no puede bombear porque parte del músculo está muerto. Se produce insuficiencia cardiaca y entonces solo podemos hacer bypass, puentes que ayuden a que llegue mejor la sangre. Eso le ocurre al 25% de los infartados que atendemos. Creemos que la mitad de esos pacientes serían candidatos a el bioimplante”.

Además de su función esencial regeneradora, el implante –bautizado PeriCord, por sus dos orígenes, pericardio y cordón– tiene la ventaja de que no necesita inmunosupresión, como ocurre en un trasplante. “Además tienen una cierta propiedad antiinflamatoria y no se trombosa, como a veces ocurre con las prótesis artificiales”, explica Toni Bayés. La principal pega es que la cantidad de células que caben en la trama es limitado. Y si la cicatriz del infarto es muy antigua, la capacidad de regenerar disminuye.

El proyecto ha sido financiado con una beca Peris de la Generalitat, del Instituto Carlos III y la Fundació La Caixa.

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