Algunas cicatrices jalonan su cuerpo, recordatorio de varias intervenciones quirúrgicas: una de cuando le quitaron la vesícula, otra de cuando la operaron casi a vida o muerte por una peritonitis, una en la rodilla izquierda -en la que le colocaron una prótesis-, otra de cuando la intervinieron para extirparle un cáncer en el colon...

FUENTE: El Mundo.

De todas esas luchas, Josefa, una mujer acostumbrada a superar adversidades y a trabajar duro desde niña, ha salido victoriosa. Sin embargo, el dolor constante en ambas piernas, causado por una artrosis que lleva años y años corroyéndola como una implacable carcoma, es el peor talón de Aquiles al que se ha enfrentado nunca. Este adversario silencioso e invisible, cuyas dimensiones sólo ella puede calibrar, está apagándola poco a poco, quitándole las ganas de vivir, de salir a la calle y de tirar del carro de su existencia. La constancia ha mantenido en pie muchos años a Josefa, que aún ahora sigue levantándose temprano para ir a la piscina y hacer muchos más largos de los que se pudiera pensar al observar su andar renqueante. Gracias a esta fuerza de voluntad todavía no se ha quedado postrada en una cama, y puede, a duras penas, encargarse del cuidado de su marido, que hace tiempo que superó los 90 años, o de hacer alguna pequeña compra. Sin embargo, cada día es más duro que el anterior. Ni los tratamientos con analgésicos o con corrientes eléctricas, ni los masajes, ni la acupuntura han podido mitigar un sufrimiento que en ocasiones lo ocupa todo.

Ejercicio
Sin llegar a ese extremo, Araceli recuerda haber pasado casi toda su vida con dolor. «Comenzó a los 12 años -recuerda-, cuando sufrí unas anginas escarlatinosas que me tuvieron una semana en la cama porque no podía moverme». Después de la enfermedad, piernas, brazos y rodillas le dolían de forma continua, al tiempo que padecía mucho de la garganta. Cuando, por fin, a los 32 años le extirparon las amígdalas, los dolores se calmaron para volver a la vejez, producto del desgaste de las vértebras lumbares y de un persistente pinchazo en el costado izquierdo.

La natación y la toma de una aspirina todos los días durante mucho tiempo han ayudado a esta mujer animosa a sobrellevar unas molestias para las que ni el médico de cabecera ni el traumatólogo han encontrado solución definitiva. «El traumatólogo me ha recomendado ejercicio, que haga natación, yoga, que me mueva... Y también pastillas para dormir, pero ésas no las quiero tomar. Lo que más me manda son sesiones de onda corta, ultrasonidos y ejercicio, gimnasia de rehabilitación, placas de calor...

Cuando trabajaba, el cuello lo tenía peor que ahora, aunque lo peor para mí son los cambios de tiempo», relata.Josefa y Araceli pertenecen a ese casi 20% de españoles que padece dolor crónico, una cifra que se eleva al 84% en el caso de los pacientes ancianos que viven en residencias, según detalla la doctora Concha Pérez, jefa de la Unidad del Dolor del Hospital Universitario de la Princesa y portavoz de la Sociedad Española del Dolor (SED). En opinión de esta especialista, el incremento en la prevalencia de dolor observado en los últimos años se debe a muchos factores: «Con el progreso, la sociedad busca más calidad de vida y es más consciente del dolor, y valora más vivir sin él o tenerlo controlado». Para esta especialista, también influyen el envejecimiento de la población y la supervivencia en patologías como el cáncer, que antes eran mortales pero ahora se asocian en un 30% al dolor crónico.

Asimismo, los cambios en el estilo de vida, el sedentarismo, el sobrepeso, las malas posturas en el trabajo o la aparición de enfermedades que antes no existían, como las ligadas al VIH, influyen en el aumento de la prevalencia del dolor. Además, a pesar de los avances, no estamos acostumbrados a cuidarnos para evitar, por ejemplo, los dolores musculoesqueléticos que, como recuerda Pérez, son los más fáciles de prevenir.

Iniciativas
La contundencia de las cifras relacionadas con este trastorno crónico llevó al doctor Jordi Moya Riera, jefe de la Unidad del Dolor del Hospital Mateu Orfila (Mahón), a fundar Sine Dolore, asociación de pacientes sin dolor, amadrinada por Irene Villa. Según explica Moya Reina, «el dolor tiene dos grandes aliados: que no se ve y que no se puede medir y, por ello, aunque un 20% de españoles lo sufra, no somos conscientes de la magnitud del problema. Cuando hablamos del dolor, creamos conciencia y hacemos visible lo invisible, y ayudamos a gente a luchar contra este problema».

Para este especialista, es evidente que, en los últimos tiempos, existe una mejor percepción de la problemática del dolor crónico, ya que la Organización Mundial de la Salud (OMS) lo ha considerado una enfermedad en sí misma, todas las compañías aseguradoras lo cubren y cada vez más hospitales públicos y privados cuentan con unidades especializadas.

Según Moya, la formación del paciente que sufre dolor es fundamental y, por ello, la escuela de pacientes Sine Dolore juega un papel esencial en la fundación, ya que, «los médicos están saturados y no tienen tiempo de explicarle todo al enfermo».
Además, en la escuela también conciencian de los peligros de la ingesta incontrolada de fármacos por parte de quienes sufren de dolor crónico. «A veces llega un paciente que nos deriva el nefrólogo porque se ha tomado tantos antiinflamatorios para paliar el dolor que se ha cargado los riñones, provocándose una insuficiencia renal crónica y teniendo que someterse a diálisis -detalla Moya-. Se intenta atajar el dolor con otros fármacos que no sean antiinflamatorios -añade-. Pero el abuso del paracetamol es la primera causa de transplante hepático en EEUU -continúa-. Hay gente que, en su desesperación, se bebe las ampollas de Nolotil inyectable, porque la dosis es cuatro veces mayor que la de una pastilla. Por eso hay que decirle a los pacientes que hay unidades creadas para el tratamiento del dolor. Todos los fármacos controlados por un especialista y tomados correctamente tienen menos efectos secundarios», concluye.

Según explica Leonor, paciente del doctor Moya en la Unidad del Dolor de la Red Asistencial Juaneda de Mahón, la escuela de pacientes de Sine Dolore le ayuda a manejarse mejor en su vida cotidiana, y a comprender más claramente su enfermedad y las terapias para afrontarla. Convaleciente de un lupus eritematoso sistémico que se acompaña de dolor crónico desde hace 30 años, la neuroestimulación y el tratamiento farmacológico dispensados en la unidad han mejorado enormemente su situación tras mucho tiempo de tomar analgésicos y corticoides.Con esa vocación de escuela nació la web tuvidasindolor.es, desarrollada por la doctora María Madariaga, especialista en Anestesiología y responsable de la Unidad del Dolor del Hospital Universitario Infanta Sofía de Madrid, junto a los médicos especialistas en rehabilitación Nuria Gonzalo y David Hernández.

Carencias en España
Tal y como explica Madariaga, «en España tenemos una situación en la que el dolor está muy poco tratado, a pesar de ser muy prevalente. Hay muchas carencias en recursos, en formación de los médicos y también en educación de pacientes». En opinión de esta doctora, los enfermos deben ser conscientes de sus derechos y de que sus tratamientos y su atención sanitaria pueden mejorar mucho, y cita como ejemplos de escuelas a las que los afectados pueden acudir las de la Universidad Rey Juan Carlos o el Hospital Ramón y Cajal, también ubicados en la capital. Tuvidasindolor arrancó en noviembre de 2013 para satisfacer la demanda de una información fiable por parte de los pacientes.

Desde entonces hasta ahora, la web se ha llenado de contenidos basados en la evidencia científica y de una gran calidad, pero redactados en un lenguaje llano y sencillo que satisface las dudas de quienes sufren dolor crónico. Esta fórmula ha llevado a la web a superar las 20.000 visitas mensuales y a tener miles de seguidores en Facebook y Twitter. «Estamos creciendo porque tratamos temas claves y contestamos las dudas de los pacientes, ya que, aunque no podemos hacer una consulta personalizada, intentamos orientarles y apoyarles para que sepan más o menos bien lo que les pasa», relata Madariaga.

Como el resto de especialistas consultados por EL MUNDO, Madariaga y su proyecto destilan empatía y un enorme afán de acercarse a un paciente que, muchas veces, se siente incomprendido y abandonado. Y es que la calidez y el afecto con los que estos médicos tratan a sus enfermos palian en gran medida su sufrimiento. Como afirma Leonor: «En cuanto veo al doctor aparecer por la puerta de la consulta, ya me siento mejor».

Unidades para tratar el dolor
El paciente tipo de una unidad del dolor es aquel que sufre de forma crónica dolor, o cuyos médicos no pueden controlar sus molestias. La unidad suele estar coordinada por un médico anestesiólogo, y en el tratamiento pueden intervenir otros especialistas como neurocirujanos, traumatólogos, rehabilitadores, fisioterapeutas, reumatólogos, oncólogos, psicólogos, psiquiatras o médicos de atención primaria. Los tratamientos más habituales son los bloqueos, las infiltraciones, las técnicas de anestesia regional, medicación mediante iontoforesis, la implantación de bombas de infusión de fármacos, catéteres epidurales, bombas de perfusión intravenosa, neuroestimulación eléctrica transcutánea (TENS), rehabilitación, fisioterapia y asistencia y apoyo psicológico o psiquiátrico.

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