Comenzamos el año con la publicación de la nueva edición de las Dietary Guidelines for Americans, 2025-30, elaboradas por el Departamento de Salud y Servicios Humanos de Estados Unidos. Su reciente actualización llega en un contexto sanitario especialmente preocupante: más del 70% de la población adulta presenta sobrepeso u obesidad y cerca del 90% del gasto sanitario se destina al abordaje de enfermedades crónicas que, en la mayoría de los casos, no tienen un origen genético, sino que están estrechamente relacionadas con el estilo de vida.
Ante esta realidad, las nuevas guías plantean un cambio de enfoque claro: pasar de una alimentación centrada en el control de nutrientes aislados o en el recuento calórico a un modelo basado en patrones alimentarios sostenibles, en el que la comida real vuelve a ocupar un papel central. El cambio más relevante no reside tanto en los alimentos recomendados como en el enfoque global, ya que las guías ponen el acento en enseñar a comer, subrayando que no solo importa qué se come, sino cómo se come. En este sentido, se recuerda que las necesidades energéticas varían según la edad, el sexo, la composición corporal (peso y altura) y el nivel de actividad física, por lo que se insiste en la importancia de ajustar las porciones y prestar atención a la densidad calórica de los alimentos.
La hidratación se mantiene como uno de los pilares básicos, recomendándose priorizar el consumo de agua y bebidas no azucaradas, frente a refrescos o bebidas con azúcares añadidos. Este mensaje, aunque no es nuevo, cobra especial relevancia en un contexto de consumo elevado de bebidas calóricas.
El patrón alimentario que proponen las nuevas guías se construye a partir de alimentos enteros y ricos en nutrientes: proteínas de calidad, lácteos, frutas, verduras, grasas saludables y granos integrales. En el caso de los lácteos, se recomienda su consumo sin azúcares añadidos y, preferentemente, en su versión entera, al considerarse una fuente relevante de proteínas, vitaminas y minerales. Como referencia, en una dieta de 2.000 kcal/día se mantienen tres raciones diarias.
Las recomendaciones sobre frutas y verduras siguen siendo claras: tres raciones de verduras y dos de frutas al día, fomentando la variedad de colores y el consumo en su forma original, evitando los zumos. Se aceptan opciones congeladas, desecadas o en conserva, siempre que no contengan azúcares añadidos, y se propone recurrir a hierbas y especias para mejorar el sabor sin añadir azúcares.
Las grasas saludables también ganan protagonismo, recomendándose su aporte a través de alimentos como huevos, frutos secos, semillas, aguacate, aceitunas y lácteos enteros, priorizando en la cocina el uso de aceite de oliva frente a otras grasas menos saludables. Aun así, se mantiene la recomendación de que las grasas saturadas no superen el 10 % del total de calorías diarias.
En conjunto, estas nuevas guías refuerzan un mensaje sencillo pero contundente: una alimentación basada en alimentos reconocibles, mínimamente procesados y adaptada a cada persona es una herramienta clave para prevenir enfermedades crónicas. En este contexto, el farmacéutico se consolida como un agente fundamental de educación sanitaria, capaz de acompañar al paciente en la adopción de hábitos alimentarios realistas y basados en la evidencia.