Por Enrique Granda
Con la muerte de M.ª Eugenia Rueda Pérez, el pasado 14 de enero, se nos ha ido una de esas personas que sostienen las instituciones sin buscar nunca el protagonismo, pero cuya ausencia deja un vacío inmediato y difícil de llenar. Quienes la conocimos y trabajamos con ella durante años sabemos que fue, sencillamente, un pilar de nuestra profesión.
Procedente de una familia vinculada a la Farmacia — aunque de padre notario, madre farmacéutica titular y un hermano también farmacéutico— llegó desde Galicia a Valencia, donde arraigó definitivamente. Su hermano Santiago continuó con la farmacia familiar; ella eligió otro camino, exigente y vocacional, aprobando las oposiciones de farmacéutica titular y el FIR en Análisis Clínicos. Su trayectoria hospitalaria fue sólida y reconocida: trabajó como analista clínico en el Hospital Arnau de Vilanova y en el Hospital La Fe, donde dejó una huella profesional que quienes compartieron laboratorio con ella recuerdan con respeto y admiración.
Pero si algo define a M.ª Eugenia es su entrega al Muy Ilustre Colegio de Farmacéuticos de Valencia. Compatibilizaba jornadas completas en el hospital con tardes interminables en el Colegio, sin escatimar tiempo ni energía. Fue Vocal de Análisis Clínicos en la Junta presidida por Salvador Ibáñez y vicepresidenta con Pilar Machancoses. En ambos casos, más allá del cargo, fue motor, criterio y referencia. Tenía un carácter fuerte, sí, pero siempre al servicio de la profesión. Defendía con convicción lo que creía justo y daba fuerza a quienes la rodeaban, incluso en los momentos más complejos.
Era especialmente valiosa en los procesos electorales: conocía la casa, entendía los equilibrios y ejercía un control riguroso y leal del trabajo colectivo. Sin grandes discursos ni protagonismos innecesarios, hacía que todo funcionara. Muchos aparecíamos; ella sostenía. Estaba en segundo plano, pero era imprescindible.
Durante veinticinco años dirigió la revista Cuadernos de Farmacia, una labor callada y constante que refleja bien su manera de estar: trabajar, mejorar, exigir calidad. Fue también vicepresidenta de Expofarmacia, aportando siempre su inteligencia práctica y su capacidad de organización.
De su vida personal hablaba poco. Era discreta hasta el extremo. Soltera, muy estudiosa, dedicada durante los últimos años al cuidado de su madre, fallecida en la pandemia. Sabemos que tenía aficiones, alguna afición coleccionista que prefería guardar para sí. Esa reserva no era distancia, sino una forma elegante de separar lo esencial de lo accesorio.
M.ª Eugenia nos enseñó mucho sin proponérselo. Con su ejemplo. Con su constancia. Con su lealtad a la profesión farmacéutica y a la institución colegial. Hoy la profesión es un poco más frágil sin ella, pero también más sólida por todo lo que nos dejó. Quienes tuvimos la suerte de compartir camino con M.ª Eugenia Rueda Pérez no la olvidaremos. Porque los pilares no se ven siempre, pero cuando faltan, todo se resiente.