Disponer de un espacio propio es un elemento importante durante la juventud, ya que contribuye al desarrollo de la autonomía personal y a la construcción de la identidad. Sin embargo, el acceso a una vivienda en solitario resulta cada vez más complicado y muchos jóvenes se ven obligados a compartir piso durante más tiempo del que habían previsto. Cuando esta situación no responde a una elección personal, sino a una necesidad económica, puede tener consecuencias en el bienestar psicológico.
Según un informe del Consejo de la Juventud de España, el 87% de los jóvenes emancipados comparte vivienda con el objetivo de reducir gastos. Aunque se trata de una realidad muy extendida, desde el ámbito psicológico se advierte de que puede convertirse en una fuente de estrés cuando se prolonga en el tiempo y se vive como una imposición.
“Esta dinámica de convivencia puede generar irritabilidad, dificultad para desconectar, cansancio emocional y sensación de estancamiento personal. Mantenerse en un contexto donde no se dispone de suficiente espacio propio provoca una tensión constante que dificulta la gestión de las emociones y eleva los niveles de estrés”, explica Pablo Ramos Fernández, psicólogo de Blua de Sanitas.
Isabel Aranda, vocal de la Junta de Gobierno del Colegio Oficial de la Psicología de Madrid, coincide en que la convivencia puede tener efectos muy distintos según el contexto. “Convivir con otros jóvenes es una práctica habitual en residencias estudiantiles y muchas veces se recuerda como una experiencia intensa. Sin embargo, cuando compartir piso es una necesidad económica, algunas personas pueden vivirlo como una pérdida de control sobre su propia vida”, señala.
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