El clean eating promueve el consumo de alimentos frescos y poco procesados. Sin embargo, aplicado en una forma estricta, puede limitar la variedad de la dieta y afectar la relación con la comida

Para muchas personas, el clean eating es el estilo de alimentación ideal: platos llenos de color, frutas y verduras frescas, proteínas magras, comidas caseras y, sobre todo, cero azúcares y ultraprocesados. Más que una tendencia en redes sociales, «comer limpio» se ha convertido en un estilo de vida entre quienes buscan mejorar su salud y bienestar.

Sin embargo, cuando sus reglas se interpretan de forma estricta, este enfoque puede tener efectos contraproducentes, que van desde reducir la variedad en la dieta hasta desbalances nutricionales y una preocupación excesiva por la pureza de los alimentos. Entonces, ¿qué tiene de bueno y qué no tanto? En este espacio te lo contamos en detalle.

¿De qué se trata el clean eating o comer limpio?

El clean eating tiene muchas variantes, pero su base es la misma: priorizar el consumo de alimentos frescos, naturales y poco procesados, de preferencia aquellos crudos o elaborados con métodos de cocción que ayuden a preservar en gran medida sus propiedades.

Esto implica elaborar platos abundantes en frutas, verduras, cereales integrales, frutos secos, semillas, legumbres, huevos, carnes magras, además de opciones con un procesamiento mínimo, como productos lácteos o panes integrales sin aditivos. A la par, limita la presencia de ultraprocesados, azúcares refinados, grasas trans o cualquier ingrediente artificial carente de nutrientes reales.

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