Con Movember como telón de fondo, esta perspectiva resulta especialmente interesante para profundizar en la relación entre enfermedad y metabolismo

Tras el artículo del número anterior de La Rebotica dedicado a las bases de la alimentación en el paciente oncológico, esta vez se va a centrar en un enfoque más profundo que permita comprender qué sucede en el organismo durante el cáncer y por qué estos cambios obligan a adaptar la estrategia nutricional. En el marco de Movember, mes dedicado a la salud masculina y especialmente al cáncer de próstata, esta perspectiva resulta especialmente interesante para profundizar en la relación entre enfermedad y metabolismo.

En el cáncer de próstata, especialmente en pacientes sometidos a terapia de deprivación androgénica (ADT) o en fases avanzadas, se produce una verdadera disfunción metabólica. Al disminuir la testosterona, esto consecuentemente altera la síntesis proteica, aumenta la adiposidad visceral, reduce la sensibilidad a la insulina y favorece la pérdida de masa muscular y fuerza, incluso cuando la ingesta parece suficiente. A esto puede sumarse una inflamación crónica de bajo grado que perpetúa la degradación proteica. Cuando estas alteraciones progresan, pueden desembocar en sarcopenia y, en casos más avanzados, en caquexia, un síndrome caracterizado por pérdida involuntaria de peso y masa magra que no se corrige únicamente aumentando la ingesta de alimentos.

Comprender este proceso es fundamental para entender por qué en muchos casos “comer más” o “aumentar la proteína” no es suficiente. En la caquexia y la sarcopenia relacionada con el cáncer aparece la llamada resistencia anabólica, que reduce la capacidad del músculo para utilizar los aminoácidos de la dieta. Esto justifica que las intervenciones nutricionales deban ser precoces, densas en nutrientes y basadas en evidencia, siguiendo las recomendaciones de guías como ESPEN, que abogan por valorar el estado nutricional desde el diagnóstico y no solo en fases problemáticas.

La proteína continúa siendo un pilar clave en el soporte nutricional: las necesidades aumentan hasta aproximadamente 1,2–1,5 g/kg/día, siempre distribuidas en ingestas que incluyan suficiente cantidad de aminoácidos esenciales. No obstante, también resultan especialmente relevantes ciertos aminoácidos específicos, como la leucina, que estimula la vía mTOR fundamental para la síntesis muscular; el HMB, derivado de la leucina, en la preservación de masa muscular en situaciones de fragilidad; o la glutamina, implicada en el metabolismo celular.

Cuando la alimentación normal no cubre los requerimientos —algo frecuente debido a la pérdida de apetito, alteraciones del gusto, fatiga o efectos adversos del tratamiento—, entran en juego los suplementos nutricionales orales (SNO). Este tipo de productos, disponibles en la farmacia, permiten incrementar de forma concentrada la energía, las proteínas y otros nutrientes. Algunas fórmulas específicas enriquecidas con ácidos grasos omega-3 (EPA y DHA) pueden contribuir a modular la inflamación, mientras que otras están diseñadas para pacientes con sarcopenia o riesgo de caquexia.

Junto a las proteínas y los aminoácidos, la vitamina D es especialmente relevante, ya que su déficit es común en pacientes tratados con ADT y se relaciona con pérdida de masa ósea y muscular. El calcio también cobra protagonismo debido al riesgo de osteoporosis inducida por el tratamiento hormonal. Los antioxidantes deben obtenerse preferentemente a través de frutas y verduras, evitando altas dosis suplementadas sin supervisión por su potencial interferencia con ciertos tratamientos oncológicos.

En definitiva, la nutrición en el cáncer de próstata exige mucho más que aumentar la ingesta proteica: requiere un enfoque integral que combine alimentación adaptada, manejo de efectos secundarios, ejercicio terapéutico y control de la disfunción metabólica y la sarcopenia asociadas al tratamiento hormonal. En este proceso, el farmacéutico desempeña un papel esencial al detectar precozmente signos de malnutrición, orientar sobre suplementos adecuados, desmontar mitos y coordinarse con otros profesionales sanitarios. Su intervención contribuye de forma decisiva a preservar la masa muscular, la funcionalidad y la calidad de vida del paciente a lo largo del proceso oncológico.

 

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