Hay molestias que empiezan casi sin avisar. Un pequeño roce al caminar, una zona del pie que se siente más dura… y, cuando te das cuenta, ya hay un callo o una dureza instalada. No aparece de un día para otro: es el resultado de algo que se repite. Presión, fricción y una piel que no está lo suficientemente cuidada.
La buena noticia es que, en la mayoría de los casos, se puede prevenir. Más que buscar soluciones rápidas cuando ya duele, lo que marca la diferencia es una rutina constante y bien enfocada. Estos cuidados no requieren complicarse, pero sí prestar atención a los detalles que suelen pasarse por alto.
1. Elige calzado que no apriete ni roce de más
El origen de muchos callos está en un zapato que no termina de adaptarse bien al pie. Puede ser demasiado estrecho, rígido o presentar costuras internas que generan fricción constante.
Lo ideal es optar por calzado que deje espacio suficiente, que no comprima los dedos y que acompañe el movimiento al caminar. Si un zapato molesta desde el primer uso, es probable que con el tiempo termine generando durezas.
Noticia completa en Mejor con salud.